Archive for the ‘Educación’ Category

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Educados para no pensar.

enero 25, 2013

No hay opinión pública, hay opinión mediática.

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“La misión principal de la escuela ya no es enseñar cosas, Internet lo hace mejor” (Francesco Tonucci)

marzo 17, 2012

“La misión de la escuela ya no es enseñar cosas. Eso lo hace mejor la TV o Internet.” La definición, llamada a suscitar una fuerte polémica, es del reconocido pedagogo italiano Francesco Tonucci. Pero si la escuela ya no tiene que enseñar, ¿cuál es su misión? “Debe ser el lugar donde los chicos aprendan a manejar y usar bien las nuevas tecnologías, donde se transmita un método de trabajo e investigación científica, se fomente el conocimiento crítico y se aprenda a cooperar y trabajar en equipo”, responde.

Para Tonucci, de 68 años, nacido en Fano y radicado en Roma, el colegio no debe asumir un papel absorbente en la vida de los chicos. Por eso discrepa de los que defienden el doble turno escolar.

“Necesitamos de los niños para salvar nuestros colegios”, explica Tonucci, licenciado en Pedagogía en Milán, investigador, dibujante y autor de Con ojos de niño, La ciudad de los niños y Cuando los niños dicen ¡Basta!, entre otros libros que han dejado huella en docentes y padres.

Dialogó con LA NACION sobre lo que realmente importa a la hora de formar a los más chicos y dejó varias lecciones, que muchos maestros podrían anotar para poner en marcha a partir del próximo ciclo escolar.

Propuso, en primer lugar, que los maestros aprendan a escuchar lo que dicen los niños; que se basen en el conocimiento que ellos traen de sus experiencias infantiles para empezar a dar clase. “No hay que considerar a los adultos como propietarios de la verdad que anuncian desde una tarima”, explicó.

Recomendó que “las escuelas sean bellas, con jardines, huertas donde los chicos puedan jugar y pasear tranquilos; y no con patios enormes y juegos uniformes que no sugieren nada más que descarga explosiva para niños sobreexigidos”.

Y que los maestros no llenen de contenidos a sus estudiantes, sino que escuchen lo que ellos ya saben, y que propongan métodos interesantes para discutir el conocimiento que ellos traen de sus casas, de Internet, de los documentales televisivos. “¡Que se acaben los deberes! Que la escuela sepa que no tiene el derecho de ocupar toda la vida de los niños. Que se les dé el tiempo para jugar. Y mucho”, es parte de su decálogo.

De hablar pausado y de pensamiento agudo, Tonucci transmite la imagen de un padre, un abuelo, un educador que aprendió a ver la vida desde la perspectiva de los niños. Y recorre el mundo pidiendo a gritos a políticos y dirigentes que respeten la voz de los más pequeños.

-¿Cómo concibe usted una buena escuela?

-La escuela debe hacerse cargo de las bases culturales de los chicos. Antes de ponerse a enseñar contenidos, debería pensarse a sí misma como un lugar que ofrezca una propuesta rica: un espacio placentero donde se escuche música en los recreos, que esté inundado de arte; donde se les lean a los chicos durante quince minutos libros cultos para que tomen contacto con la emoción de la lectura. Los niños no son sacos vacíos que hay que “llenar” porque no saben nada. Los maestros deben valorar el conocimiento, la historia familiar que cada pequeño de seis años trae consigo.

-¿Cómo se deberían transmitir los conocimientos?

-En realidad, los conocimientos ya están en medio de nosotros: en los documentales, en Internet, en los libros. El colegio debe enseñar utilizando un método científico. No creo en la postura dogmática de la maestra que tiene el saber y que lo transmite desde una tarima o un pizarrón mientras los alumnos (los que no saben nada), anotan y escuchan mudos y aburridos. El niño aprende a callarse y se calla toda la vida. Pierde curiosidad y actitud crítica.

-¿Qué recomienda?

-Me imagino aulas sin pupitres, con mesas alrededor de las cuales se sientan todos: alumnos y docentes. Y donde todos juntos apoyan, en el centro, sus conocimientos, que son contradictorios, se hacen preguntas y avanzan en la búsqueda de la verdad. Que no es única ni inamovible.

-¿Cuál es rol del maestro?

-El de un facilitador, un adulto que escuche y proponga métodos y experiencias interesantes de aprendizaje. Generalmente los pequeños no están acostumbrados a compartir sus opiniones, a decir lo que no les gusta. Los docentes deberían tener una actitud de curiosidad frente a lo que los alumnos saben y quieren. Les pediría a los maestros que invitaran a los niños a llevar su mundo dentro del colegio, que les permitieran traer sus canicas, sus animalitos, todo lo que hace a su vida infantil. Y que juntos salieran a explorar el afuera.

-Varias veces usted ha dicho que la escuela no se relaciona con la vida. ¿Por qué?

-Porque propone conocimientos inútiles que nada tienen que ver con el mundo que rodea al niño. Y con razón éstos se aburren. Hoy no es necesario estudiar historia de los antepasados, sino la actual. Hay que pedirles a los alumnos que se conecten con su microhistoria familiar, la historia de su barrio. Que traigan el periódico al aula y se estudie sobre la base de cuestiones que tienen que ver con el aquí y ahora. Esto los ayudará a interesarse luego por culturas más lejanas y entrar en contacto con ellas.

-¿Cómo se puede motivar a los alumnos frente a los atractivos avances de la tecnología: el chat, el teléfono celular, los juegos de la computadora, el iPod, la play station?

-El colegio no debe competir con instrumentos mucho más ricos y capaces. No debe pensar que su papel es enseñar cosas. Esto lo hace mejor la TV o Internet. La escuela debe ser el lugar donde se aprenda a manejar y utilizar bien esta tecnología, donde se trasmita un método de trabajo e investigación científica, se fomente el conocimiento crítico y se aprenda a cooperar y trabajar en equipo.

-¿Es positiva la doble escolaridad?

En Italia llamamos a este fenómeno “escuelas de tiempo pleno”. La pregunta que me surge es: ¿pleno de qué? Esta es la cuestión. La escuela está asumiendo un papel demasiado absorbente en la vida de los niños. No debe invadir todo su tiempo. La tarea escolar, por ejemplo, no tiene ningún valor pedagógico. No sirve ni para profundizar ni para recuperar conocimientos. Hay que darles tiempo a los niños. La Convención de los Derechos del Niño les reconoce a ellos dos derechos: a instruirse y a jugar. Deberíamos defender el derecho al juego hasta considerarlo un deber.

(Fuente: lanacion.com.ar)

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Pero si son solo “inocentes” historias, desprovistas en absoluto de lecciones acerca de como deben ser las cosas… o no?

marzo 16, 2012

¿Estás seguro de que querés que tu nena sea una princesa? Tene en cuenta que los relatos que les ofrecemos sientan las bases de su construcción del mundo. Creo que ya es hora de empezar a contar nuevos cuentos.

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La escuela vivida como cárcel

marzo 8, 2012

Como todos sabemos, Pinocho odia la escuela y huye de ella. Se va a callejear, a encontrarse con unos titiriteros ambulantes que le dan una función mucho más atractiva que cualquier clase escolar. Un niño de carne y hueso tal vez no se escape hoy de la escuela, pero espera ansioso que se acabe la jornada en el aula para volar a su casa y prender el televisor, correr a un cíber o juntarse con sus amigos. Tanto Pinocho como nuestro escolar actual se sienten prisioneros y no siempre les prestemos la debida atención.

Los estudiantes, en general, no tienen totalmente en claro para qué van a la escuela. Poseen brumosas imágenes, según las cuales estudiar es indispensable para conseguir un trabajo digno, progresar en la vida o convertirse en una persona buena y culta, socialmente aceptada. Pero todo eso, a la edad de ellos, se presenta como lejano y difuso. Constituye una seria dificultad explicar a un estudiante de nivel primario o secundario las razones por las cuales debe pasar muchas horas del día encerrado entre las paredes del aula, cumpliendo con obligaciones que pocas veces valora o entiende. Un adulto puede ver a su lugar de trabajo como un sitio de encierro, pero se somete a esa cárcel porque el salario que se lleva le es indispensable para vivir. Los chicos no llegan a comprender para qué se los obliga a aprender matemática, geografía, historia, biología y muchas cosas más, cuando a ellos poco y nada les interesa. Por eso es que suelen reaccionar con la clásica y milenaria indisciplina, correlato casi obligado de una situación que se vive como un ahogo. Y esa indisciplina lleva a diferentes formas de castigo o represión, que hoy están atenuadas, pero que en otros tiempos fueron terribles.

Las respuestas que se escuchan ante este problema giran alrededor de algunas ideas más o menos comunes. La carga de la culpa puede volcarse hacia el niño (o adolescente) que estaría evitando lo que es su obligación, supuestamente ineludible; o hacia la escuela responsabilizándola por no haber sido capaz de crear en sus alumnos la conciencia de la importancia que tiene lo que en ella se hace. A veces se puede reprochar a la institución escolar por no haber sido capaz de cultivar la pedagogía del esfuerzo, según la cual los aprendizajes son obligaciones que requieren ser cumplidas, aunque no resulten agradables. Este problema, que no es nuevo, se ha agudizado particularmente en nuestra época, en la medida en que han crecido los intereses no escolares capaces de atrapar a los chicos (como la TV, por ejemplo). Algunos pedagogos o docentes con inquietudes se preguntan qué es lo que hace mal (o no hace) la escuela para granjearse el desinterés de sus alumnos.

Ese histórico odio o rechazo no existe en todos los niveles del sistema escolar. Los niños de los jardines de infantes (una institución relativamente nueva, en términos históricos) suelen ir a la escuela contentos y exhiben orgullosos lo que en ella hacen. Algo parecido ocurre, aunque el amor va disminuyendo gradualmente, en los primeros tramos de la escuela primaria.

Cuando se pregunta a los adultos acerca de esta clarísima diferencia de actitudes contestan que en el jardín de infantes los niños juegan, pero no estudian. Esto equivale a ignorar la cantidad y calidad de los aprendizajes que se realizan en el nivel inicial, sin necesidad de aplicar castigos. No se suele considerar que la libertad es el signo característico en ese nivel y que el placer, y no el rechazo, se constituye en el motivo dominante para las criaturas que concurren a él. Juego y trabajo, en los jardines de infantes, no se diferencian.

Hoy es bastante corriente que los niños del nivel inicial, en virtud de los estímulos que los rodean realicen sus primeras experiencias voluntarias con la lectoescritura antes de llegar a la escuela primaria y no es raro encontrar, entre las criaturas de cinco años o menos, chicos que ya leen y escriben o están en franco camino hacia ese aprendizaje. Algo similar se produce en lo relacionado con la adquisición de los números y de la matemática elemental. Cuando el dinosaurio Barny explica las figuras geométricas desde la TV, ante chiquitines que lo contemplan embelesados, es muy evidente que no necesita salir de la pantalla para retarlos, porque ellos lo seguirán mirando y aprendiendo.

El amable cuadro que se puede encontrar en los jardines de infantes no se repite en el resto de la escuela. Casi es innecesario decir que cuando se pasa a las etapas de la adolescencia todo se pone peor, porque en la segunda enseñanza el odio hacia la escuela y las ganas de escapar lo más pronto posible del aula se vuelven más grandes. Claro que no todos los chicos piensan y actúan con estos criterios muchas veces la escuela logra atrapar el interés de sus alumnos, pero ésta no es la regla general.

Puede decirse, de todos modos, que de una manera generalmente insensible, que escapa, incluso, a la percepción de muchos especialistas en el área educativa, el buen clima del jardín de infantes se está desplazando hacia el resto del sistema escolar.

Esto explica por qué, en los primeros grados de la escuela primaria pueden hallarse, todavía, el gusto y el interés que están vivos en los años del jardín. Pero el cambio no es fácil y exige muchas transformaciones, que no se pueden producir de un día para otro.

De todas maneras, en un momento determinado, las opiniones infantiles sufren un vuelco y la escuela se convierte en un sitio detestable, del cual lo único digno por rescatar está dado por los recreos o la amistad de los compañeros.

El ya antiguo problema de Pinocho sigue vivo. Se podría retroceder mucho más en el tiempo y encontrar cuadros no idénticos, sino peores. La institución escolar, a pesar de no ser un imán para sus alumnos, no es hoy vista tan espantosamente como lo era en épocas pasadas, incluso en las no demasiado lejanas. Juan Manuel Serrat cantó unos versos de Antonio Machado, poeta español del siglo pasado, en los cuales contempla las moscas del salón de clases, deseando la libertad que ellas tienen para ir donde les plazca, mientras él sigue preso.

Hace falta bastante más que un reducido artículo periodístico para mostrar lo que la escuela necesita, realmente para salir de un cuadro de situación que todos admiten como deplorable. Pero puede decirse que los intentos de volver al pasado, aplicados a chicos que “están en otra”, no pueden sino conducir al fracaso.

La escuela necesita, imperiosamente, “vender” sus productos y acabar con el rechazo milenario que sus alumnos manifiestan hacia ella. La antigua repulsa hacia la institución escolar por parte de los estudiantes ha sido reemplazada, en buena medida, por un estado de “quemeimportismo”, que se apoya en las decaídas fuerzas de los docentes para vencer en una lucha en la que éstos ya han sido derrotados.

Los chicos van a la escuela porque reconocen que no ir es todavía peor, en un país dominado (lo mismo que en gran parte del mundo) por el desempleo y la explosión escolar, caracterizada por la extensión jamás vista de la cantidad de estudiantes (tenemos once millones de alumnos en nuestro sistema educativo). No tiene nada de raro que hoy se reclamen estudios secundarios a las mucamas o a los empleados de los supermercados. En esas condiciones la escuela se convierte en un auxilio inevitable para la supervivencia y no alcanzar los diplomas que para conseguir trabajo se requieren equivale a una condena social cuyas consecuencias están a la vista.

No cabe duda de que la escuela puede ganar la batalla del interés, si le cabe ese nombre, si encuentra la manera de atrapar la voluntad de sus alumnos hacia lo que en ella se hace. El ejemplo de los jardines de infantes, donde realmente se aprende y mucho puede servir de base para transformar la escuela en una institución deseada por sus alumnos, alejada de todo lo que pueda significar odio, rechazo o fracaso.

El afán por aprenderlo todo, al ritmo que el propio crecimiento determina, se encuentra en cualquier criatura. Podemos ver a los pequeñitos conociendo infatigablemente la realidad que los rodea, con las manos, con la boca, con los ojos, con todo su cuerpo. Y también encontramos a los niños de más edad demostrando curiosidades interminables, de mil distintas maneras, preguntando eternamente el porqué de las cosas, queriendo comprender mecanismos y fenómenos, esforzándose tenazmente para adquirir dominio sobre sí mismos y el mundo circundante. Que este poderoso y magnífico poder asimilador, con el cual llegamos al mundo, pueda debilitarse o alcanzar el agotamiento después, es algo que nos debe preocupar vivamente, pues la escuela suele tener una parte decisiva en su pérdida.

La escuela necesita transformarse, pero no en los sentidos que muchos reclaman, sino buscando el camino en su capacidad para atraer a sus alumnos, a fin de que se sientan partícipes de una experiencia positiva y no de una situación de encierro.

¿Es imposible? Cualquiera de nosotros que haya vivido, siquiera una vez, la experiencia del aprendizaje que se realiza en medio de un interés mayúsculo y con resultados altamente favorables puede contestar que no.

Por Germán Gómez (Diario La Nación)

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Ay, que sería de nosotros sin los mas desafortunados!

marzo 1, 2012

Eso si, nos da una lástima que ni te cuento…

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¡Jugá rápido!

noviembre 20, 2011

Cierta vez, no hace mucho tiempo atrás, escuché a una mamá decirle eso a su chiquito. Porque ahora no hay tiempo que perder, entonces los apuramos aunque ello vaya en detrimento de un crecimiento armónico… y hasta de su felicidad.
Y después tenemos “setresaditos” de 6 o 7 años.
En el video se les pide a los chicos que completen un dibujo. Primero se les dan solo 10 segundos, y luego 10 minutos para realizar la misma tarea. Vean que pasa… creo que la concusión es obvia, no? Incluso para nosotros, los “grandes”!

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¿Y si buscamos otras alternativas?

octubre 30, 2011

Exámen:

– Cuándo bla bla bla?
– 1620
– Como puedes ver, he memorizado este hecho totalmente inútil lo suficiente como para pasar una pregunta de examen. Ahora pretendo olvidarla para siempre. No me has enseñado nada excepto como manipular cinicamente el sistema. Felicitaciones.